sábado, 27 de septiembre de 2014

Capítulo 7. Del amor y otros desastres




En ocasiones, las matemáticas dejan de ser una ciencia abstracta para convertirse en algo terriblemente concreto. El desván de Villa Candelaria tenía doce metros de profundidad por diez de ancho y tres de altura. En total, trescientos sesenta metros cúbicos abarrotados de cachivaches. Si suponemos que cada metro cúbico contenía una masa de treinta kilos –y que quedo corto–, el resultado final de la ecuación era que nos enfrentábamos a once toneladas de trastos. Sólo de pensarlo me sentía agotado.

Violeta y yo nos pusimos manos a la obra al día siguiente. Por la mañana, subimos a la planta superior, abrimos la puerta del desván y nos quedamos mirando, con no poco desánimo, el desolador panorama que se extendía ante nosotros. Allí había una montaña de trastos, un mar de bártulos, generaciones y generaciones de objetos inútiles acumulados a lo largo de más de cien años.

Le he dicho a mamá que íbamos a ordenar el desván –comentó Violeta–. Debe de pensar que me he vuelto loca, pero no ha protestado.

Esto es espantoso –musité abatido–. Nunca he visto tanto trasto junto. ¿Por qué no lo dejamos correr?

Venga, no es para tanto –Violeta reflexionó con la mirada fija en el interior del trastero–. Yo creo que las cosas se han ido acumulando desde el fondo hacia la entrada.

Y como lo que buscamos tiene sesenta años de antigüedad –concluí con desaliento–, debe de estar hacia el fondo. Así que primero tendremos que mover todos los trastos que están delante.

No hará falta. Lo que vamos a hacer es sacar a la terraza los bultos que hay en primera línea; luego, llevaremos las cosas del centro hacia los lados y así haremos una especie de pasillo –sonrió con exagerado optimismo–. Venga, cuanto antes empecemos, antes acabaremos. Ya verás como es fácil.

No, no fue fácil; fue difícil. y muy cansado, mucho. Al acabar el día, tras horas de esforzado trabajo, apenas habíamos conseguido desplazar una ínfima parte de los bártulos que atestaban el desván, y ya estábamos hechos polvo. Aún recuerdo con horror las dolorosas agujetas que sufrí durante los primeros días de trabajo, y los callos que me salieron en las manos de tanto trasladas bultos, pero no desfallecí. Y si no lo hice fue porque Violeta se esforzaba tanto o más que yo, y en ningún momento la vi desanimarse o formular una queja.

Yo no le veía mucho sentido a lo que estábamos haciendo. Lo más probable es que no hubiera nada de interés en el desván, pero... Pero quizá sí, de modo que mantuve la boca cerrada y me dediqué por entero a desplazar cajas, mover muebles rotos y amontonar trastos, todo ello sin protestar, pero maldiciendo interiormente el afán conservador de una familia que, a tenor de lo que podía verse en el trastero, parecía desconocer por completo el uso de los cubos de basura.

Entre tanto, aunque nadie lo sospechaba, el desastre estaba a punto de abatirse sobre Villa Candelaria. Pero antes de que esto ocurriera, los astronautas que habían viajado a la Luna regresaron a la Tierra. El jueves, veinticuatro de julio, la cápsula espacial amerizó en el Pacífico y el portaaviones Hornet recogió a sus tripulantes. Lo vi todo por televisión, sin más compañía que la de mi tío.

A decir verdad, nadie le había prestado mucha atención al televisor de tío Luis. Salvo tío Luis. Desde que encendió el aparto por primera vez, mi tío pareció obsesionarse. Se instalaba cada día frente a la pantalla, y se tragaba impertérrito toda la programación, incluso la carta de ajuste, cuyos círculos segmentados le fascinaban como si fueran un mandala, una de esas pinturas geométricas que usan los lamas tibetanos para meditar. Mi tío se pasaba todo el día viendo la tele, sin decir una palabra, y luego, al finalizar la emisión, se levantaba como un zombi del asiento y se iba a su cuarto para iniciar de nuevo el proceso al día siguiente.

Estaba obsesionado, era evidente, pero nadie le dio mucha importancia. «A veces se porta como un niño», comentó tía Adela; y añadió con aire displicente: «Pronto se le pasará.» Estaba en lo cierto. Aquella misma tarde, después de la retransmisión del amerizaje, tío Luis parpadeó varias veces, muy rápido, igual que si despertara de un trance, miró en derredor con extrañeza, me contempló como si me viera por primera vez, tendió una temblorosa mano, apagó el televisor y dijo en voz baja:

Este artefacto es diabólico, Javier. Te roba la voluntad... –se levantó un poco vacilante, desenchufó el aparato, lo cogió entre sus brazos y agregó–: He creado un monstruo y ahora debo destruirlo.

Acto seguido, se dirigió al sótano y pasó el resto de la tarde desmontando el aparato que él mismo había construido. Así concluyó la breve experiencia televisiva de la familia Obregón.





* * *



Poco a poco, conforme pasaban los días, Violeta y yo fuimos avanzando en nuestra exploración del desván. Habíamos despejado una franja de más o menos seis metros de longitud, formando en el centro del trastero un pasillo jalonado de bártulos, pero aún quedaba otro tanto para alcanzar el fondo.

Era un trabajo juro. Nos dolían los músculos de tanto cargar trastos y no parábamos de toser a causa del polvo que saturaba el aire. No obstante, había algo casi mágico en aquella tarea. A medida que avanzábamos hacia el fondo del trastero, parecíamos retroceder en el tiempo. Encontré pilas de revistas de los años cincuenta, y más tarde álbumes fotográficos de los cuarenta, una máscara de gas, vestigio de la Guerra Civil, y más adelante, un cajón con juguetes de hojalata que, probablemente, pertenecieron a tío Luis. En cierto modo, aquello era como una excavación arqueológica, con la única diferencia de que los estratos temporales no se sucedían en sentido vertical y hacia abajo, sino horizontal y hacia el fondo.

Gracias a las fechas de las revistas, los periódicos o las cartas que encontrábamos, podíamos determinar con cierta precisión la época que habíamos alcanzado en nuestro avance. Y fue al llegar al «estrato» correspondiente a los años treinta cuando la paz de Villa Candelaria se vio sacudida por un inesperado incidente.



* * *



El sábado, Violeta y yo comenzamos a trabajar en el desván desde muy temprano. A media mañana, mientras nos esforzábamos en apartar una alacena rota –y muy pesada–, mi prima alzó de repente la cabeza y desvió la mirada, como si algo le hubiera llamado la atención.

¿Has oído? –preguntó.

¿El qué?

Me ha parecido que alguien gritaba.

Pues yo no he oído nada...

Violeta me interrumpió con un ademán y ambos nos quedamos en silencio, con los oídos atentos. Al cabo de unos segundos, percibí el lejano sonido de unas voces que parecían proceder del interior de Villa Candelaria. En efecto: alguien gritaba.

Voy a ver qué pasa –dijo mi prima–. Espérame aquí, volveré en seguida.

Violeta echó a andar hacia la salida y yo me senté sobre una caja de madera. A mi lado había una pila de periódicos viejos. Cogí uno y comencé a ojearlo. Era un ejemplar del Ahora de 1935, con las amarillentas y quebradizas hojas llenas de noticias curiosas: «La espía rusa Olga Moskovies ha sido expulsada de territorio portugués», «Wiley Post fracasa en su cuarto intento de vuelo subestratosférico transcontinental», «Se ha producido un grave conflicto entre los nazis y los cascos de acero de Munich», por no mencionar los siete goles que le había metido el Real Madrid al Betis en un partido amistoso. También eran divertidos los anuncios: «HERNIA. No lleve usted más braguero.», «Limonada Ideal del Dr. Campoy. El mejor purgante», «Vigor sexual Koch. Enviamos discretamente», «Hotel Bristol. Habitación con baño 6 pesetas».

Al cabo de unos minutos, tras haber hojeado un buen montón de periódicos viejos, comencé a preguntarme dónde se había metido Violeta. De cuando en cuando, aún escuchaba en la lejanía alguna que otra voz, así que finalmente abandoné el desván y bajé al segundo piso. Como Violeta no estaba en su cuarto, me encaminé a la planta baja.

La encontré en el vestíbulo, junto a Margarita y Azucena. Las tres estaban escuchando las airadas voces que sonaban tras la puerta del salón.

¿Qué pasa? –pregunté.

Margarita, con la oreja pegada a la hoja de la puerta, me chistó para que guardara silencio.

Ha venido don Germán –dijo Violeta en voz baja–. Está discutiendo con papá.

¿Quién es don Germán?

Germán Mendoza. El padre del novio de Rosa; te hablé de él, ¿no te acuerdas?

Asentí.

Ya, el ricachón estirado. ¿Y qué?

¿Queréis callaros? –nos instó Margarita–. No oigo nada.

Cerramos la boca, pero, en vez de voces, escuchamos el taconeo de unos pasos aproximándose. Margarita logró apartarse justo en el momento en que la puerta del salón se abría bruscamente, dando paso a un hombre de mediana edad, grueso y con el rostro congestionado. Le seguía tío Luis, muy serio. Don Germán abrió la puerta de salida y se volvió hacia mi tío.

Ate corto a su hija, señor Obregón –le dijo con aspereza–. Átela muy corto.

Y usted mantenga a su hijo alejado de mi familia –replicó tío Luis.

Sobrevino un tenso silencio.

Al menos –dijo al fin don Germán –en eso estamos de acuerdo.

No lo dude.

Don Germán alzó el mentón con altivez y, sin despedirse, abandonó la casa. Fuera le esperaba un Mercedes con chófer. Tío Luis cerró la puerta, respiró hondo y se volvió hacia sus hijas.

¿Dónde está Rosa? –preguntó en tono gélido.

En su cuarto –contestó Margarita–. Pero si quieres mi opinión, papá...

No, no quiero tu opinión –la interrumpió tío Luis–. Vosotras lo sabíais, ¿verdad? Sabíais que Rosa estaba viéndose con Gabriel Mendoza, aunque yo se lo había prohibido. no me dijisteis nada.

Escucha, papá –insistió Margarita–, estás siendo muy injus...

¡Basta! –exclamó tío Luis alzando las manos–. ¡No quiero oír ni una palabra más!

Dicho esto, echó a andar escaleras arriba en dirección al dormitorio de Rosa. Jamás le había visto tan enfadado.

¿Y mamá? –preguntó Violeta.

En la cocina –contestó Margarita–. Ya sabes lo poco que le gustan estas cosas.

¿Os importaría decirme qué está pasando? –pregunté.

Don Germán –me informó Violeta– se ha enterado de que su hijo y Rosa siguen viéndose.

¿Sabes cómo se ha enterado? –terció Margarita–. Porque contrató un detective para que siguiera a su hijo. ¡Un detective! Ese hombre está enfermo.

Don Germán se ha presentado en casa hecho una furia –prosiguió Violeta–. Y ya has visto cómo se ha puesto papá.

Como si los hechos quisieran confirmar mis palabras, de pronto nos llegó desde el segundo piso el sonido de un torrente de voces airadas. Tío Luis le estaba echando una bronca tremenda a su hija mayor. Nos congregamos al pie de las escaleras y, en silencio, seguimos el desarrollo de aquel pequeño desastre.

No recuerdo qué le dijo exactamente tío Luis a Rosa, pues su enfado era tan grande que pasaban una y otra vez del grito al susurro, combinando sin solución de continuidad censuras, admoniciones y reproches; sin embargo, nunca he olvidado la expresión de Azucena, allí al pie de la escalera, mirándonos a todos con aquellos ojos sorprendidos, y preguntándose, creo yo, si no estarían locos todos los adultos.





    * * *



Tío Luis le prohibió terminantemente a Rosa volver a verse con Gabriel Mendoza, y también le prohibió salir de casa, ni de día ni de noche. Ni siquiera le estaría permitido utilizar el teléfono. En resumen: Rosa permanecería enclaustrada en Villa Candelaria hasta que, después del verano, viajara a Madrid para estudiar Arquitectura.

Yo estaba muy perplejo. Tío Luis me había parecido siempre un hombre afable y comprensivo, incluso un poco calzonazos; y de repente, se había transformado en una especie de padre del siglo diecinueve, despótico e intolerante. Supongo que aquel insólito cambio de carácter se debía al rencor que mi tío le profesaba a los Mendoza. Pero, ¿cómo era posible tanto odio?

Fuera como fuese, una nube tormentosa se había instalado en Villa Candelaria. Rosa pasaba la mayor parte del tiempo en su cuarto, aunque a veces bajaba al salón para dibujar junto al mirador. Imagino que estaba muy triste, aunque no lo demostraba. Tía Adela, por su parte, no decía nada; únicamente de cuando en cuando musitaba: «¡Ay, Señor, Señor!...», y suspiraba lánguidamente. Tío Luis se mantenía encerrado en su taller, pero ocasionalmente salía de su refugio y deambulaba por la casa con aire reconcentrado, las manos entrelazadas a la espalda y la mirada sombría. En cuanto a Violeta y Margarita, no se apartaron ni un momento de Rosa. Se encerraban con ella en su cuarto, o le servían de modelos para sus dibujos, o jugaban a las cartas y al ajedrez, o charlaban con ella en voz baja. Incluso Azucena le mostraba su apoyo sentándose en el suelo a su lado, sin decir nada, pero solidarizándose con ella a base de pura proximidad.

De repente, mis cuatro primas habían hecho una piña, como si los problemas de una de ellas afectaran por igual a las demás. Y yo, de nuevo, volví a preguntarme si mi hermano y yo podríamos llegar alguna vez a estar tan unidos; pero me dije que probablemente no, al menos no de aquel modo tan incondicional, por la simple razón de que éramos hombres y, por tanto, lo suficientemente estúpidos para no permitirnos mostrar ni un ápice de debilidad.

Como Violeta pasaba la mayoría del tiempo con osa, la exploración del desván se vio bruscamente interrumpida, y yo me quedé sin nada que nacer ni nadie con quien hacerlo. Para colmo, comenzó a llover otra vez, de modo que ni siquiera podía ir a la playa, así que me pasaba los días leyendo, escuchando la radio o paseando solo. Además, el ambiente en Villa Candelaria era cada vez más tenso, sobre todo durante las comidas y las cenas, cuando nos reuníamos en torno a la mesa y nadie hablaba. De un lado estaban Rosa y sus hermanas; del otro, tío Luis, y en medio tía Adela, que no se decantaba por ningún bando. Yo sólo era un convidado de piedra sin voz ni voto.

Fue durante una cena, tres días después de la visita de don Germán, cuando por fin comprendí las razones del comportamiento de tío Luis. Al acabar el segundo plato, sin esperar el postre, Rosa se incorporó y le dijo a su madre:

Estoy cansada, mamá. Me voy a mi cuarto.

Tía Adela se despidió de ella y luego musitó un quedo «¡Ay, Señor, Señor!...», seguido de un largo suspiro. Tío Luis torció el gesto y fingió concentrarse en el melocotón que estaba pelando. Tras un sepulcral silencio, Margarita dijo:

¿Hasta cuándo va a durar esto, papá?

Mi tío siguió pelando la fruta, sin levantar la mirada.

¿Hasta cuando va a durar el qué? –preguntó.

Tu intolerancia –replicó Margarita–. No tienes derecho a tratar así a Rosa.

Creí que tío Luis iba a explotar de nuevo, pero en vez de ello repuso en voz baja:

Soy su padre. Ése es mi derecho.

Pues no basta. Rosa no es de tu propiedad, papá, no es un perro al que puedas encerrar en casa para castigarle. ¡Y todo por algo que sucedió cuando ninguno de nosotros había nacido! Es increíble... No, es medieval. parece mentira el follón que están montando por unas puñeteras batallitas familiares del siglo pasado.

Sobrevino un pesado silencio. Violeta mantenía la vista fija en el mantel. Azucena miraba alternativamente a Margarita y a su padre, como si presenciara el desarrollo de un partido de tenis, y tía Adela se agitaba en su silla supongo que dudando entre levantarse y decir algo, o seguir sentada y no abrir la boca. Al cabo de unos segundos, en voz muy baja, tío Luis preguntó:

¿Has acabado ya?

Margarita exhaló una bocanada de aire.

Sí, no vale de nada seguir hablando.

Te equivocas –replicó él–: siempre vale la pena hablar –hizo una pausa–. Supongo que a ti la única batalla que te importa es la del proletariado liberándose del yugo capitalista, y que las «batallitas» familiares te traen sin cuidado. Pues lo siento, pero te voy a contar una de esas «batallitas» –dejó el melocotón, sin probarlo, sobre el plato y se limpió las manos con la servilleta; luego, miró fijamente a su hija y prosiguió–: Durante la Guerra, cuando los franquistas se hicieron con el poder en el Norte de España, los Mendoza difundieron un montón de calumnias sobre mi padre. Le acusaron de colaborar con los «rojos», de traicionar la causa del Alzamiento Nacional, de dedicarse al estraperlo... En resumen, mi padre, tu abuelo, no sólo perdió todo lo que tenía, sino que además pasó dos años en prisión. Cuando finalmente regresó a casa, era un hombre acabado. Yo sólo tenía catorce años, pero recuerdo muy bien su amargura y su tristeza, sus largos silencios y su mirada de hombre derrotado. Mi madre murió en el cuarenta y cuatro, y él la siguió seis años después, a finales de 1950, poco antes de que naciese Rosa. Los médicos dijeron que lo mató una crisis cardíaca, pero yo creo que se murió de pena.

Las palabras de tío Luis quedaron suspendidas en el aire. Un trueno retumbó en la distancia.

Eso ocurrió hace mucho tiempo, papá –repuso Margarita en voz baja.

Puede que sí, pero no es una simple anécdota, ni una historia de la guerra como otras tantas. yo estaba allí, yo sufrí en mis propias carnes las intrigas de los Mendoza, yo fui testigo de lo que esa gentuza les hizo a mis padres. ¿ ahora quieres que acepte de buen grado que una de mis hijas salga con uno de ellos? ¿Pretendes que lo olvide todo y acoja en mi casa a un miembro de la familia que arruinó la vida de mis padres? ¿Es eso lo que, según tú, debería hacer?

Tranquilízate, Luis –musitó mi tía.

Estoy muy tranquilo, Adela –tío Luis dejó la servilleta sobre la mesa, se incorporó y, antes de abandonar el comedor, le dijo a su hija–: Mientras yo viva, no consentiré que nadie de mi familia tenga la menor relación con un Mendoza. Eso es definitivo, y ésta es la última vez que discuto este asunto.

Fueron muchas las cosas que aprendí durante mi estancia en Villa Candelaria, pero esa noche, durante aquella discusión de sobremesa, comprendí algo que luego, a lo largo de la vida, me ha sido de gran utilidad para entender a las personas. Resultaba fácil considerar a tío Luis el malo de la película; a fin de cuentas, era él quien se comportaba de forma intolerante, como un padre despótico y cruel. Sin embargo, tío Luis tenía sus razones para actuar de ese modo; unas razones equivocadas, pero poderosas. Y eso es lo que aprendí, que siempre hay una causa para lo que hacemos, que todos tenemos nuestros motivos.



* * *



Al día siguiente, por la mañana, justo cuando acababa de vestirme, Rosa se presentó en mi dormitorio.

¿Puedes venir un momento, Javier? –me preguntó.

La seguí a su cuarto; allí estaban también Violeta y Margarita. Rosa cerró la puerta y me invitó a sentarme sobre la cama.

Creo que ya sabes lo que está pasando –me dijo.

Asentí con un cabeceo y ella prosiguió:

Hace año y medio, un amigo común me presentó a Gabriel Mendoza, aunque ya nos conocíamos de vista. Gabriel estudia Arquitectura en Madrid, así que estuvimos un rato charlando sobre la carrera. A partir de entonces, coincidimos varias veces y, casi sin darnos cuenta, comenzamos a salir. Siempre a escondidas, claro; aunque como él vive en Madrid, sólo podíamos vernos algunos fines de semana y en vacaciones. A pesar de todo, y aunque suene cursi decirlo, Gabriel y yo nos hemos enamorado –hizo una pausa y añadió–: Gabriel es... Espera, te enseñaré una foto.

Rosa se aproximó a un pequeño escritorio situado junto al ventanal, sacó una fotografía del interior de un cajón y me la mostró. Supongo que yo esperaba ver al típico pijo engominado, pero en vez de ello me encontré con el retrato de un joven de unos veinte años, con barba, pelo revuelto y gafas de miope, un tipo de aspecto simpático.

No se parece nada a su padre –prosiguió Rosa–. Gabriel es amable, y atento, y tiene mucho sentido del humor. Si le conocieras, estoy segura de que te caería muy bien.

Contemplé la foto y luego miré a mi prima sin saber qué decir. ¿Por qué me contaba Rosa todo aquello?

Quiero pedirte un favor, Javier –dijo ella, adivinando mi desconcierto; cogió un sobre que descansaba encima del escritorio y agregó–: Gabriel estará hoy por la tarde en el bar del Casino. ¿Te importaría llevarle esta carta?

La verdad es que me hacía muy poca gracia enredarme en aquel asunto; no quería ni pensar en lo que sucedería si tío Luis se enteraba de mi intervención. Alcé las cejas y, con una muda pregunta en los ojos, volví la mirada hacia Violeta y Margarita.

Nosotras no podemos hacerlo –dijo Violeta.

El fascista de don Germán tiene a su hijo vigilado por un detective –añadió Margarita–, y el maldito sicario nos reconocería.

Pero a ti no te conoce –concluyó Violeta–, así que debes ser tú quien le lleve la carta a Gabriel.

Margarita, con aire un poco aburrido, se quitó las gafas y comenzó a limpiar los cristales. Violeta me contempló fijamente, con gravedad, como un oficial esperando que un soldado se presente voluntario para una peligrosa misión. Rosa sonrió; era tan guapa y parecía tan desvalida...

Vale, lo haré –acepté con un suspiro.

Y tendí la mano para coger el sobre que me ofrecía mi prima mayor.





* * *



Llovía a mares cuando llegué al bar del Casino. Eran las siete de la tarde y el local estaba lleno de clientes, pero no tardé en distinguir a Gabriel Mendoza sentado a una de las mesas, frente a un vaso de cerveza. Cerré el paraguas, me aproximé a él y me presenté.

Así que tú eres el famoso primo de Madrid –Gabriel se incorporó y me estrechó la mano–. Rosa me ha hablado mucho de ti. ¿Quieres tomar algo?

Sí, una...

Iba a decir una Coca–Cola, pero Gabriel, sin dejarme terminar la frase, se volvió hacia un camarero y le pidió dos cervezas.

¿Cómo está Rosa? –me preguntó cuando nos sentamos.

Bien... Bueno, su padre no la deja salir de casa.

Ya, ya lo sé; ni siquiera le permite hablar por teléfono. ¿Te ha dado ella algo para mí?

Asentí y le entregué el sobre. Gabriel lo rasgó con nerviosismo, desdobló la carta y se puso a leerla. Creo que la leyó tres veces consecutivas; entre tanto, el camarero trajo nuestras bebidas. A mí no me gustaba mucho la cerveza –demasiado amarga–, pero tenía sed y le di unos sorbos. Mientras lo hacía, contemplaba disimuladamente al novio de mi prima.

Gabriel Mendoza no se ajustaba en lo más mínimo a la imagen estereotipada de un hijo de millonarios. Era alto y delgado, supongo que bien parecido, aunque un tanto desgarbado; bajo las gafas de miope, que le empequeñecían un poco los ojos, una barba castaña y bastante descuidada le cubría por entero el mentón. Vestía una camisa de algodón y unos vaqueros más bien raídos. Luego descubrí que a veces, al hablar, tartamudeaba un poquito, como si se le trabucasen las palabras. El típico tic, pensé, que suele enternecer el corazón de las chicas. En conjunto, tenía mucho más aspecto de estudiante de izquierdas que de millonario.

Tras leer y releer la carta durante cinco largos minutos, Gabriel la guardó en el sobre, perdió la mirada, suspiró, se bebió la cerveza de un trago y le pidió otra ronda al camarero. Luego, se volvió hacia mí y, con un nuevo suspiro, me dijo:

Tu prima es maravillosa.

No supe qué contestar, así que farfullé algo ininteligible.

Lo malo es que nos hemos visto muy poco –prosiguió Gabriel–. Yo estudio en la Politécnica de Madrid, ¿sabes?, en la Escuela de Arquitectura; acabo de terminar el segundo curso. Rosa iba a matricularse en la Escuela este otoño, y por fin podríamos estar juntos todo el tiempo, pero...

Se interrumpió al llegar el camarero con dos nuevas cervezas. La bebida se me acumulaba, así que comencé a beber más deprisa.

Escucha –prosiguió Gabriel–, quiero que le digas algo a Rosa. Dile que mi padre está que echa chispas. Se ha enterado de que ella también iba a estudiar en Madrid, y ahora está empeñado en que yo deje la Politécnica y me matricule en no sé qué universidad norteamericana. ¿Se lo dirás?

Claro... ¿Y tú qué vas a hacer? Me refiero a lo de irte a Estados Unidos.

Gabriel me miró con impotencia.

Y yo qué sé... –musitó–. Mi padre es más terco que una mula.

¿Por qué no hablas con él?

Hemos hablado mil veces y no ha servido de nada –apuró la cerveza y, con un gesto, le pidió al camarero otra ronda–. Mi padre odia a muerte a los Obregón –prosiguió–. ¿Conoces la historia de Beatriz y el collar de compromiso?

Las Lágrimas de Shiva, sí –asentí mientras daba cuenta a toda prisa de mi primera cerveza.

Pues yo creo que lo que cabreó tanto a mi familia no fue el robo del collar, sino que una Obregón osase dejar plantado a un Mendoza al pie del altar. Se lo tomaron como un insulto y así han seguido durante setenta años, que se dice pronto. Para mi padre es una cuestión personal, como si el novio desairado hubiera sido él –hizo un gesto de resignación–. Si se empeña en que me vaya a Estados Unidos, no tendré más remedio que irme.

¿Por qué no te enfrentas a él?

Gabriel sonrió con amargura.

Tú no conoces a mi padre –repuso–. Es una fiera. Si se me ocurriera desobedecerle... En fin, no sé lo que haría. Desollarme vivo, probablemente –sacudió la cabeza–. ¿Sabes que ha contratado a un detective para que me siga? –señaló hacia la barra del bar–. ¿Ves a ese tipo calvo y con gabardina, el que simula leer un periódico?... Pues es mi Humphrey Bogart particular. Me sigue a todas partes, como un perro faldero.

Alzó una mano y saludó al tipo de la barra; éste apartó la mirada, azorado, y fingió concentrarse en la lectura del diario.

No es preciso relatar con detalle cómo se desarrolló el resto del encuentro. Gabriel se enredó en una larga charla –monólogo más bien– sobre su padre, sobre Rosa y sobre la absurda rivalidad que enfrentaba a las dos familias. Y, mientras hablaba, no dejaba de beber cerveza, y de pedir nuevas rondas; y yo, lo confieso, seguí su ritmo de bebida con creciente entusiasmo. En resumen, al cabo de una hora estábamos borrachos: él, un poco yo, como una cuba.

A partir de entonces no recuerdo muy bien cómo se desarrollaron los acontecimientos. En algún momento, Gabriel se aproximó al detective y le invitó a sentarse con nosotros. El pobre hombre parecía muy cohibido, al menos al principio; pero luego, conforme la cerveza le hacía efecto, se fue mostrando cada vez más desinhibido. Al cabo de un par de horas, tras consumir no sé cuántas cervezas y escuchar varias veces las penas amorosas de Gabriel, el detective, embriagado de solidaridad etílica, comenzó a maldecir su oficio y juró que abandonaría el caso al día siguiente. Entonces Gabriel intentó convencerle de que no lo hiciera, asegurándole que no era culpa suya, y que, si un detective había de seguirle, prefería que fuera él. En fin, la conversación se volvió un poco absurda, aunque justo es reconocer que aquel sabueso resultó ser un hombre muy simpático.

Regresé a Villa Candelaria pasadas las diez y media de la noche, empapado (me había olvidado el paraguas) y haciendo eses. Intenté introducir la llave en la cerradura, pero la tarea resultó más compleja de lo que cabe suponer, entre otras cosas porque yo veía doble y el jardín no paraba de dar vueltas. El caso es que debí de hacer más ruido de lo que pensaba, porque la puerta se abrió repentinamente, y allí estaba Margarita, mirándome con ironía.

Vaya cogorza que llevas, primito –se limitó a decir.

Intenté contestar algo, pero Margarita me cogió de un brazo, me condujo a mi habitación, me sentó en la cama, desapareció como por ensalmo y regresó unos minutos después en compañía de Rosa y Violeta.

Le he contado a mis padres que te ha sentado mal algo que has comido –dijo Margarita–, que no quieres cenar y que te vas a la cama de cabeza, así que no hagas mucho ruido.

Violeta no dijo nada, pero jamás he vista tanta reprobación en una mirada. Rosa se aproximó a mí y me miró con preocupación.

¿Estás bien, Javier? –preguntó.

Claro que sí... –mascullé; tenía la lengua como de trapo–, estoy ferpec..., prefec..., de puta madre...

¿Has visto a Gabriel?

Sí... –sonreí tontamente–. Tu novio es un tío fenomenal, ¿sabes?

¿Le diste mi carta?

Claro.

¿Y qué dijo?

Fruncí el ceño e hice memoria. Gabriel me había dicho muchas cosas, demasiadas para recordarlas todas; sin embargo, tras un prolongado esfuerzo, un tenue rayo de luz logró quebrar la tinieblas que oscurecían mi cerebro.

¡Ah, sí! –exclamé–. Me pidió que te contara algo... Dijo que ya no podréis estar juntos en Madrid el curso que viene, porque... ¿Cómo era?... Ah sí, porque su padre le manda a estudiar a Estados Unidos... También dijo que te quiere mucho...

Rosa se quedó demudada, como si le hubiera pegado una bofetada. De repente, los ojos se le llenaron de lágrimas, dio media vuelta y salió del cuarto a toda prisa. Margarita sacudió la cabeza y fue tras ella. Violeta, por su parte, se quedó mirándome como si yo fuera un vampiro que acabara de chuparle la sangre a una desvalida doncella.

¿Qué pasa? –pregunté, desconcertado–. ¿Qué he hecho?...

¿No te da vergüenza? –me espetó–. Llegas tarde, estás borracho y... ¿Cómo se te ocurre decirle eso a Rosa, así, de sopetón? Eres un bruto sin una pizca de sensibilidad, eres...

Violeta dedicó los siguientes minutos, y todo su entusiasmo, a ponerme a bajar de un burro, aunque lo cierto es que no recuerdo casi nada de lo que me dijo; entre otras cosas porque en algún momento de la bronca me quedé profundamente dormido.





* * *



Desperté de madrugada, bruscamente, sintiéndome mal. Estaba muy mareado, así que tuve que ir a toda prisa al cuarto de baño para vomitar. El resto de la noche fue un constante ir y venir de la cama al baño y viceversa, pues a causa de la mucha cerveza que había bebido no cesaba de orinar.

Me levanté pronto, aunque mi estado no podía ser más deplorable; me dolía la cabeza, notaba la boca pastosa y tenía el estómago revuelto. Cuando bajé a desayunar coincidí en la cocina con doña Ramona, la asistenta.

Qué mala cara tienes, Javieruco: ¿estás enfermo? –Ramona se acercó a mí, me observó con detenimiento y exclamó–: ¡Qué enfermo ni qué narices! ¡Lo que tú tienes es una resaca de aúpa!

Al alzar ella la voz, sentí como si me hincaran un clavo entre los ojos. Afortunadamente, doña amona procedió acto seguido a aliviar mis males con maternal diligencia, dándome aspirinas y sal de frutas, y preparándome dos tazas de café muy cargado. Media hora más tarde, cuando me sentí algo mejor, regresé al segundo piso. Al atravesar el pasillo escuché hablar a mis primas en el dormitorio de Rosa, y a punto estuve de entrar, pero entonces recordé el vergonzoso episodio de la noche anterior y al instante cambié de idea.

No tenía ganas de ver a nadie, ni de quedarme en casa, pero seguía lloviendo y no podía salir, así que pasé un rato en mi cuarto, sintiéndome enfermo y un poco deprimido. Al cabo de casi una hora, harto de las cuatro paredes del dormitorio, y tras asegurarme de que no había nadie por los alrededores, me dirigí a toda prisa a la biblioteca. Estuve unos minutos revolviendo entre los libros, hasta que encontré un ejemplar de La guerra de los mundos, de H.G.Wells. Ya lo había leído, pero se trataba de una edición ilustrada de los años veinte, muy curiosa, de modo que me senté en una silla y comencé a hojearlo.

Pero todavía me dolía la cabeza y no lograba concentrarme. Al poco, mientras mis pensamientos divagaban sin rumbo fijo, aparté la mirada de las páginas del libro y la centré en el retrato de Beatriz Obregón.

Hacía días que no me acordaba de ella. Pero ahí estaba, con la mirada triste y las Lágrimas de Shiva en torno a su cuello. ¿Qué le había ocurrido a aquella mujer? Si Violeta tenía razón, intentó huir de España en el Savanna y la tripulación la asesinó para robarle las Lágrimas. Pero, ¿qué fue del collar? Los piratas del Savanna debieron de venderlo en algún lugar de América o Europa, supuse, o quizá lo desmontaron, fundieron el oro y vendieron las esmeraldas y los diamantes por separado. En cualquier caso, las Lágrimas de Shiva se habían perdido para siempre.

Entonces pensé algo: dicen que el aleteo de una mariposa en Tokio puede, por un prodigioso efecto multiplicador, provocar un huracán en Florida. Pues eso mismo había ocurrido con la desaparición del collar. Al robarlo, Beatriz causó la enemistad entre su familia y los Mendoza, lo que provocó la ruina de los Obregón durante la Guerra Civil. Y ahora, aquel mismo robo se interponía entre Rosa y Gabriel.

Abstraído en mis pensamientos, casi ni me di cuenta de que Ramona entraba en la biblioteca y comenzaba a quitar el polvo de los anaqueles abarrotados de libros.

¿Qué tal estás, Javierico? –me preguntó.

Mejor, gracias... –contesté, con la mirada fija en el retrato de Beatriz.

Doña Ramona le echó un vistazo al cuadro y comentó:

La señorita Beatriz era muy guapa, ¿verdad?

Miré a la asistenta de soslayo.

¿Sabe usted quién era Beatriz Obregón? –pregunté.

Claro, dejó plantado a un Mendoza en el altar y robó un collar muy caro; ése mismo que lleva en el cuadro. Todavía se cuentan chismes sobre ella. Además, doña Amalia suele hablarme de la señorita Beatriz. La apreciaba mucho.

Me froté los ojos con el índice y el pulgar; todavía me dolía la cabeza... De repente, di un bote sobre el asiento. ¿Qué había dicho la asistenta?

¿Qué ha dicho, Ramona?

¿Cómo?

Me contaba que alguien le habló de Beatriz Obregón, ¿quién?

Doña Amalia. Amalia. El mismo nombre que apareció escrito en el vaho del espejo. Me puse en pie tan bruscamente que tiré al suelo el libro de Wells. Ramona dejó de limpiar el polvo.

¿Te pasa algo, Javieruco? Estás como la cera...

¿Quién es doña Amalia? –pregunté con un hilo de voz.

Pues Amalia Bareyo. Trabajó de criada en esta casa hace un montón de años. ¿Pero qué...?

Un momento –la interrumpí–. ¿Amalia Bareyo conoció a Beatriz Obregón?

Ya te he dicho que trabajço aquí; era su doncella.

¿Y usted conoció a Amalia?

Pues claro, es vecina mía desde hace no sé cuánto tiempo. Me la encuentro muchas veces por la calle, o en la iglesia.

Me quedé con la boca abierta y los ojos como platos.

¿Quiere..., quiere decir que aún vive? –musité.

Y como una rosa que está. Debe de tener casi noventa años y todavía se vale por sí misma. Vive con una hija suya, pero bja al mercado ella sola, y se hace la comida, y más de una vez la he pillado tomándose un vinito a escondidas en el bar de la esquina. Como una rosa, ya te digo. Bueno, anda un poco sorda, y a veces se le va la cabeza, pero...

Dejé de prestar atención. De repente, la resaca se había esfumado y me sentía como flotando en una nube.

No se mueva de aquí, Ramona –dije, interrumpiendo su perorata sobre la buena salud de Amalia Bareyo–. Siga a lo suyo, pero no se vaya antes de que Violeta y yo hablemos con usted, ¿eh? Espérenos, que vuelvo en seguida.

Salí a la carrera de la biblioteca y fui en busca de Violeta. La encontré en la torre, sentada frente a la máquina de escribir.

Hombre –comentó con el ceño fruncido al verme entrar–, pero si está aquí mi primo el alcohólico.

Me aproximé a ella y alcé el índice de la mano derecha, justo delante de su nariz.

Vale –dije–. Estuve tomando unas cervezas con el novio de tu hermana y me pasé de la raya. Lo lamento. También siento mucho haberle hablado con tanta brusquedad a Rosa. Perdón, perdón y mil veces perdón. Pero, ¿quieres dejar de regañarme de una dichosa vez? Desde que he llegado a esta casa no has parado de echarme bronces. ¡Pareces mi madre! Vale ya, ¿no?

Violeta parpadeó varias veces y abrió la boca para decir algo, pero volvió a cerrarla y se me quedó mirando, un tanto confundida por mi súbito acceso de genio.

Y ahora que eso está aclarado –proseguí con más calma–, escúchame con mucha atención, porque te voy a contar algo increíble...

Capítulo 6. La mano en el espejo




A veces, después de cenar, daba largos paseos por la playa. El mar es diferente de noche, más misterioso que durante el día, y bajo la luz de la Luna parece fosforescente, como si las negras aguas estuvieran salpicadas de fuegos fatuos.

Durante la noche, la playa se hallaba vacía, salvo por la ocasional presencia de algún que otro pescador de marea baja, pero a mí me gustaba esa soledad. A lo lejos podía verse el haz intermitente de un faro, y a veces se distinguían en el horizonte las luces de algún bardo. Las estrellas eran un dosel de candelas colgado del océano.

Solía tumbarme en la arena y mirar el firmamento. Entre tanto, pensaba: en mis primas, por ejemplo, en lo diferentes –y a la vez iguales– que eran. Rosa parecía la más madura de las cuatro, la más sensata, pero debía de ser en el fondo una romántica. Margarita era puro fuego, desinhibida e irreverente; sin embargo, le gustaba bordar y eso debía de significar algo, quizá que era un poco más tradicional de lo que ella pensaba. En cuanto a Violeta, a primera vista parecía demasiado serie y engreída, pero su áspera forma de ser escondía en realidad un carácter soñador que, a mi modo de ver, quedaba patente en su secreta ambición de ser escritora. ¿Y Azucena? Nunca hablaba, sólo miraba, pero en sus ojos podía adivinarse una comprensión y una inteligencia del todo insospechadas en una niña de tan sólo doce años de edad. Las cuatro eran muy diferentes, sí, pero sus personalidades parecían complementarias, como si fueran las distintas piezas de un mismo puzzle.

Aunque no sólo pensaba en mis primas, claro. Cuando estaba allí, tumbado sobre la arena, no podía evitar que mis ojos acabaran recalando en l Luna, y recordaba que entre ella y la Tierra, viajando a cuatro mil quinientos kilómetros por hora, una pequeña nave espacial estaba a punto de hacer historia. A veces me parecía imposible que yo fuera a ser testigo del primer desembarco humano en otro cuerpo celeste...

Pero luego recordaba que, en realidad, no iba a ser testigo de nada, pues en Villa Candelaria no había televisión. La convicción de que iba a perderme el suceso más importante del siglo me sumía en un desánimo que, con el paso del tiempo, acabó por transformarse en taciturna resignación. Finalmente, acabé aceptando que de los ochocientos millones de telespectadores previstos, sólo presenciarían el alunizaje setecientos noventa y nueve millones novecientos noventa y nueve mil novecientos noventa y nueve.

Por lo demás, los días transcurrieron perezosamente, entre baños en el mar, paseos por la playa y largas tardes de lectura a la sombra de los tamarindos del jardín. Y llegó el fin de semana, y pasó el sábado, y por fin amaneció el domingo, veinte de julio de 1969. Esa noche tendría lugar el alunizaje. Y yo no iba a verlo.

Y de pronto, aquel domingo por la mañana, sucedió algo totalmente inesperado. Estaba desayunando en la cocina, todavía un poco amodorrado, cuando tío Luis vino en mi busca para pedirme que le acompañara al salón.

Quiero enseñarte algo, Javier.

Tío Luis tenía un aspecto horrible: lucía unas violáceas ojeras y una barba de varios días le ensombrecía el mentón. A pesar de ello, parecía feliz y orgulloso de sí mismo. Apuré mi café con leche de un trago y le seguí. No vi nada anormal cuando entramos en el salón, hasta que al cabo de unos segundos advertí que junto a la chimenea había... algo. Al primer vistazo no pude adivinar lo que era. Parecía un cajón de vino al que le hubieran adosado varios interruptores (de hecho, en uno de sus costados podía verse el rótulo de «Domeq»), Pero luego me fijé en que aquella caja de tosca madera tenía una pantalla. Una pantalla de televisión.

¡Es una tele! –exclamé.

La he construido yo –asintió mi tío con aire de hombre satisfecho–. Como querías ver el alunizaje...

Así que por eso había permanecido tío Luis tanto tiempo encerrado en su taller. Sentí una oleada de agradecimiento que, al observar con más detalle la patente tosquedad de aquel aparato, no tardó en convertirse en recelo.

¿Funciona? –pregunté.

Claro que sí –respondió tío Luis, un poco ofendido–. Al menos, en teoría. Se enciende y se oye, pero como aún no tiene antena, sólo he captado estática. Eso sí: una estática excelente.

¿Y la antena? –musité, temiendo que mi tío se hubiera olvidado de aquel pequeño detalle.

Tranquilo, he construido una.

No vale la pena extenderse en el proceso de instalación de la antena. Tío Luis subió al tejado llevando consigo un extraño armatoste confeccionado con varillas y alambres, tendió unos cables hacia el ventanal del salón y, tras estar un par de veces a punto de caerse, fijó la antena al techo. Luego, llegó el turno de orientarla. Yo me quedé abajo, contemplando la pantalla cuajada de nieve electrónica y comunicándole a gritos a mi tío –que permanecía en el tejado– lo que veía en el televisor. ¿Y qué veía? Nada.

Tras varios intentos infructuosos, sentí una punzada de pánico. ¿Y si aquel trasto fuera incapaz de sintonizar algo distinto a una tormenta de nieve? De pronto, tras numerosos y baldíos esfuerzos, en la pantalla se insinuó una imagen borrosa, y una musiquilla comenzó a sonar en los altavoces. Poco después, como por arte de magia, todo adquirió repentina nitidez y vi con claridad a un muñequito de dibujos animados que decía: «A mí plin, yo duermo en Pikolín.» Era un anuncio de colchones.

Tío Luis, tan orgulloso como Núñez de Balboa después de descubrir el Pacífico, convocó a su mujer y a sus hijas para que contemplaran aquel portento que había construido. Rosa y Violeta felicitaron efusivamente a su padre. Margarita echó pestes de la televisión, calificándola de instrumento de propaganda imperialista. Azucena contempló la pantalla con desconcierto, sin decir nada, y tía Adela se limitó a comentar lo feo que quedaba aquel trasto en el salón. Pero, en general, ninguna de ellas le hizo demasiado caso y no tardaron en desentenderse del asunto y volver a sus quehaceres.

Por el contrario, tío Luis se quedó toda la tarde sentado frente al televisor, contemplando con aire abstraído –y más tarde atónito– desde la carta de ajuste a las imágenes en blanco y negro que danzaban en la pantalla, creo yo que más interesado en el aparato en sí que en los programas que transmitía. Fuera como fuese, mi tío pasó varias horas seguidas viendo la televisión, hasta que tía Adela le llamó. Entonces, se incorporó, se frotó los ojos y me dijo:

La televisión no dice más que bobadas, pero es hipnótica –le echó un último vistazo al aparato, se rascó la cabeza y, antes de apagarlo, agregó–: ¿Sabes?, creo que la tele es el único móvil perpetuo que existe. Siempre emitirá programas y siempre habrá gente contemplándolos, por toda la eternidad. Da un poco de miedo, ¿no te parece?



* * *



La nave espacial Apolo XI pesaba cuarenta y cinco toneladas y estaba compuesta por tres elementos esenciales: la cabina de mando Columbia, en la que viajaban los astronautas, el módulo de servicio, donde estaban los motores que propulsarían la nave de regreso a la Tierra, y el módulo de exploración lunar, llamado Eagle, que era el vehículo de desembarco.

Después de dar catorce vueltas y media a la Luna, el Eagle se separó de la nave e inició en descenso hacia el satélite. En el módulo lunar viajaban Neil Armstrong y Edwind Aldrin. A bordo del Columbia quedó Michael Collins, que permanecerían en órbita a la espera de que sus compañeros regresaran de la superficie lunar.

Siempre me pareció que Collins era un pringado. El pobre tipo hizo el viaje como los demás, recorrió cada uno de los trescientos ochenta mil kilómetros que nos separan de nuestro satélite, y luego, cuando tuvo la Luna al alcance de la mano, a menos de doscientos kilómetros de distancia, se vio obligado a quedarse en el módulo de mando, dando vueltas como un idiota mientras sus compañeros de viaje descendían al satélite y ascendían a la gloria. Debió de sentirse igual que Moisés, con un palmo de narices a las puertas de la tierra prometida.

El alunizaje en el Mar de la Tranquilidad sufrió un inesperado percance. En el último momento, Armstrong se dio cuenta de que el módulo lunar iba a posarse en un cráter lleno de piedras, así que tuvo que usar el control manual para desplazar la nave hacia un lugar seguro. Una vez que el Eagle se hubo aposentado sobre el polvoriento suelo de la Luna, el comandante de la nave desconectó los motores y colocó los mandos en posición de despegue rápido, por si las moscas. Luego, los dos astronautas comenzaron a prepararse para lo que había de ser el primer paseo lunar de la Historia.

Pero eso aún tardaría unas horas en suceder. Todos –mis tíos, mis primas y yo– estábamos congregados frente al televisor que había construido tío Luis. Tras el alunizaje, tía Adela sirvió una cena fría a base de quesos y fiambres. Mientras comíamos, Margarita no pudo resistirse a ofrecernos su particular versión del acontecimiento:

Esto es una gigantesca campaña política. Empezaron los rusos poniendo en órbita el Sputnik, y luego siguieron dándoles palos a los yanquis cuando Yuri Gagarin realizó el primer vuelo espacial tripulado. Entonces, Kennedy se cabreó como un mono y decidió ganarle la carrera espacial a los soviéticos haciendo algo gordo. ¿Y qué es lo más gordo que podía hacerse? Poner a un hombre en la Luna. Pero no a un hombre cualquiera, claro: tenía que ser yanqui, rubio y de ojos azules. ¿Cuántos negros han ido al espacio? Ni uno.

Casi ni les dejar subir a los autobuses –comentó tío Luis, absorto en los anuncios de la televisión–, así que de permitirles tripular un cohete no hablemos...

¿Sabéis cuánto ha costado llegar a la Luna? –preguntó Margarita, enardecida por su propia elocuencia–. Dos billones de pesetas. ¡Dos billones! ¿Os imagináis la cantidad de cosas que podrían hacerse con ese dinero en el Tercer Mundo?

Pero gracias al programa espacial se han producido muchos avances para la humanidad –protesté.

Para la humanidad no, primito, para los yanquis. No te engañes, el programa Apolo sólo es una campaña de publicidad destinada a mostrarle al mundo la supremacía del bloque capitalista sobre el bloque comunista. Y lo más irónico de todo es que la idea fue de Kennedy, pero ha sido el hijo puta de Nixon...

¡Niña! –la reprendió su madre.

Ha sido el cerdo de Nixon –prosiguió Margarita– quien se ha llevado el gato al agua. ¡Ese fascista! –señaló la televisión con un gesto despectivo–. Y nosotros aquí, tragándonos sin pestañear esa basura imperialista...

Supongo que todos estaban acostumbrados al ímpetu revolucionario que, de vez en cuando, poseía a Margarita, y que esa experiencia les aconsejaba no enredarse en discusiones, porque al virulento alegato de mi prima le siguió un profundo silencio. Yo estaba en total desacuerdo con ella, pues por aquel entonces creía –y aún lo pienso– que el espacio exterior es una meta natural para la humanidad. Sin embargo, en aquella ocasión no encontré las palabras necesarias para rebatir sus argumentos, y tuvo que ser otra persona, mi prima Rosa, quien lo hiciera.

Ahora que lo mencionas, Marga –dijo con voz pausada–, he recordado un discurso de Kennedy. Hablaba sobre los motivos para ir a la Luna, y decía que la única razón era la que había dado Mallory, el alpinista, cuando le preguntaron por qué quería escalar el Everest: «Porque está ahí.» Pues ésa es la razón para ir a la Luna, porque está ahí, y porque los humanos somos unos seres tan curiosos que siempre queremos llegar más allá de donde estamos. Ahora hay dos hombres en la Luna, y poco importa cuál sea su país, o su raza. O su política, porque por encima de todo representan a la especie humana.

Margarita abrió la boca para rebatir a su hermana, pero volvió a cerrarla al instante. Frunció el ceño, carraspeó y optó por salirse por la tangente.

Tú misma lo has dicho –le espetó–: hay dos hombres en la Luna. ¿Y por qué ninguna mujer? ¿Cuántas mujeres han ido al espacio?

Valentina Tereshkova –respondí al instante (yo sabía mucho sobre el espacio) y agregué–: Tripuló el Vostok–6 en 1963.

Margarita me miró de reojo.

.Pero no era yanqui –replicó–, sino rusa socialista. ¿Ves como tengo razón?

Así era mi prima: siempre tenía que decir la última palabra.

Más tarde, ya entrada la madrugada, las imágenes del televisor mostraron cómo el comandante Armstrong, embutido en su blanco traje espacial, abandonaba el Eagle, descendía por una corta escalerilla y pisaba el suelo lunar. «Es un pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la humanidad», dijo. La frase sonaba demasiado rimbombante, pero, dada la magnitud de lo que estaba ocurriendo, creo que cualquier otro comentario hubiera sonado igual de tonto. Unos minutos después, Aldrin salió del módulo y se unió a Armstrong en la tarea de instalar diversos instrumentos sobre la superficie lunar y tomar muestras de minerales.

Estuve dos horas y media contemplando las evoluciones de los astronautas. Me asombraba verlos desplazarse dando saltitos, como a cámara lenta (pues la gravedad de la Luna es un sexto de la terrestre). Me fascinaba aquel paisaje lunar, árido y solitario. Me maravillaba estar viviendo, aunque fuera por la tele, una experiencia tan semejante a las novelas de ciencia ficción que tanto me gustaban. Yo había leído El hombre que vendió la Luna, de Heinlein, o Los primeros hombres en la Luna de Wells, o los dos álbumes en que Tintín y Haddock viajan a nuestro satélite, y ahora esas fantasías se estaban convirtiendo en realidad ante mis ojos.

Pero no todos compartían mi entusiasmo. En cuanto Armstrong desplegó una bandera de Estados Unidos, Margarita, mascullando algo entre dientes, se fue a su cuarto; tía Adela no tardó en quedarse dormida en el sillón, y poco después se retiraron Rosa y Azucena. Así que sólo permanecimos frente al televisor tío Luis, Violeta y yo. Y en algún momento, no recuerdo cuándo, advertí por el rabillo del ojo que Violeta no miraba a la pantalla, sino a mí, fijamente, como si intentara desentrañar lo que me pasaba por la cabeza. Debía de pensar, imagino, que yo era un bicho raro.

Finalmente, Armstrong y Aldrin regresaron al módulo lunar para descansar unas horas antes de despegar hacia el Columbia, y la retransmisión concluyó. Mientras sonaban las notas del himno nacional sobre una fotografía de Franco, tío Luis apagó el televisor y bostezó ruidosamente al tiempo que se desperezaba. Poco después, todos nos fuimos a dormir.

Yo tardé mucho en conciliar el sueño. Aquellas imágenes en blanco y negro, tan poco definidas, tan llenas de parásitos y estática, se me habían quedado grabadas en la memoria. Tras dar muchas vueltas en la cama, me levanté, abrí la ventana, alcé la vista, contemplé el firmamento y pensé que algún día mis hijos, o mis nietos, o los nietos de mis nietos, viajarían a las estrellas.

Sencillamente, porque están ahí.



* * *





He mencionado varias veces el lento ritmo de la vida en Villa Candelaria, la calma que se respiraba entre las paredes de aquel viejo caserón. Allí nadie parecía tener pisa, nadie alzaba la voz ni provocaba conflictos. Sin embargo, todo eso habría de cambiar radicalmente durante los siguientes días, cuando el hogar de los Obregón sufriera las sacudidas de un seísmo que había comenzado sesenta y ocho años atrás.

Pero antes sucedió algo que es preciso relatar. La mañana siguiente al alunizaje me desperté un poco más tarde de lo habitual, pero no demasiado, pues quería presenciar el despegue del Eagle. Cuando llegué al salón, tío Luis ya estaba sentado frente al televisor, todavía en pijama y con la mirada perdida en las imágenes que brotaban del tubo catódico. Juntos vimos en despegue: la cámara mostraba un plano general del módulo lunar, que parecía una araña cabezona. Al llegar al final de la cuenta atrás, la cabeza de la araña salió echando mixtos hacia arriba y, en un abrir y cerrar de ojos, desapareció de cuadro. La verdad es que fue un poco decepcionante.

Aquella tarde fui a la playa con Violeta y Azucena. Estaba cansado, así que me tumbé en la toalla y, dejándome acunar por los tibios rayos del sol, intenté dormir un rato. No pude, tenía la sensación de que alguien me miraba. Abrí los ojos, y allí estaba Azucena, sentada sobre la arena, mirándome fijamente.

¿Qué miras? –pregunté.

Ella se encogió de hombros.

¿Es que no piensas hablarme nunca?

Volvió a encogerse de hombros.

¿Por qué no vas a buscar cangrejos? –sugerí.

Esta vez no hubo encogimiento de hombros, ni ninguna otra clase de respuesta. Azucena se limitó a permanecer inmóvil e impasible, con sus enormes ojos clavados en mí. Suspiré, resignado a olvidarme de echar una cabezadita, y me levanté para darme un baño en las heladas aguas del Cantábrico, preguntándome interiormente, mientras me dirigía a la orilla, si aquella niña no sería un poco autista o si, sencillamente, disfrutaba poniéndome nervioso.

Regresamos a casa a última hora de la tarde. Como estaba lleno de arena y tenía el pelo pringoso de salitre, fui directamente al cuarto de baño, abrí el grifo, me desnudé y, cuando la bañera comenzó a llenarse de nubes de vapor, me metí bajo la ducha y estuve largo rato enjabonándome, disfrutando de la agradable sensación del agua caliente corriéndome por la piel.

Entonces, sobreponiéndose a los olores del gel y del champú, percibí un delicado perfume, un sutil y familiar aroma a nardos.

El corazón me dio un vuelco. Con todo aquel asunto del alunizaje, me había olvidado por completo de que un maldito espíritu, o presencia, o ente, o lo que demonios fuese, rondaba por Villa Candelaria. Pero ahora olía a nardos, y eso significaba que aquella cosa estaba ahí, muy cerca.

El pulso me temblaba cuando cerré el grifo. Tendí una mano hacia la cortina de la bañera, pero no reuní el valor necesario para correrla. ¿Qué había al otro lado? No se oía nada, salvo el rítmico tabaleo de las gotas de agua que pausadamente se desprendían de la ducha, pero el olor a nardos era cada vez más intenso. Haciendo de tripas corazón, aparté un poco la cortina y atisbé por la rendija. Di un brinco. Había algo, una especie de presencia neblinosa.

No. Sólo era vapor. Respiré aliviado y corrí la cortina.

En el cuarto de baño no había nadie, no había nadie. Sacudí la cabeza, aliviado... Y entonces, con un estremecimiento, vi el espejo. Estaba empañado y alguien o algo, un dedo invisible, había escrito un nombre sobre el vaho del cristal.

«Amalia».

Salí lentamente de la bañera y me quedé mirando aquellas seis letras trazadas en el espejo empañado. Durante unos segundos fui incapaz de pensar o hacer nada. De repente, salí del estupor y eché a correr hacia la puerta. Afortunadamente, antes de abrirla recordé que estaba desnudo, así que me enrollé una toalla a la cintura y corrí en busca de Violeta. La encontré en su dormitorio. Jamás la he visto tan sorprendida como cuando me vio aparecer medio desnudo, chorreando agua y lleno de jabón.

¿Qué haces? –preguntó–. Estás mojando el suelo.

¡Tienes que ver algo! –la interrumpí, muy excitado–. ¡Vamos, date prisa!

Pero, ¿qué...?

¡Déjate de peroqués! ¡Venga, que se va a desempañar!

La conduje casi a empujones al cuarto de baño y le mostré el espejo. Aunque el nombre trazado en el vaho había comenzado a difuminarse, todavía era claramente legible.

Yo estaba en la ducha –expliqué apresuradamente–, y al salir me encontré con esto...

Violeta alzó un poco la cabeza y olfateó el aire. Aunque muy tenue ya, aún podía percibirse el fantasmal perfume.

Nardos... –murmuró mi prima; luego, contempló de nuevo el nombre escrito en el espejo y agregó–: ¿Quién es Amalia?

¡Y yo qué sé! Eso mismo iba a preguntarte.

Violeta se encogió de hombros.

No conozco a ninguna Amalia. Pero cada vez está más claro que Beatriz quiere decirnos algo.

¡Y dale! –exclamé de mal humor–. ¡Qué manía ésa de comunicarse matándome a sustos! Además, ¿por qué estás tan segura de que es Beatriz? Podría ser el diablo, ¿no? A lo mejor hay algún endemoniado en la casa. Tu hermana pequeña, por ejemplo; esa niña es muy rara.

No digas chorradas. Es Beatriz y quiere algo de nosotros, pero, ¿qué? ¿Y quién es esa Amalia? –respiró hondo–. Tenemos que hablar. Ven a mi cuarto.

Echó a andar hacia su dormitorio y yo comencé a seguirla, pero ella me contuvo con un gesto.

Sería mejor que antes te secaras –sugirió–. Y estás muy mono así, medio en pelotas, pero deberías vestirte.



* * *



Creo que he descubierto la clave de lo que está pasando.

Violeta, de pie junto al ventanal de su cuarto, dejó la frase en suspenso, como si estuviera escribiendo uno de sus cuentos y quisiera reforzar el relato con una pausa dramática.

¿De qué puñetera clave hablas? –pregunté.

De ti –contestó ella, muy seria.

¿De mí? ¿Qué tengo yo que ver con los fantasmas de la familia?

Nada, pero... –a través de los cristales, Violeta contempló el patio trasero, ahora tenuemente iluminado por las últimas luces del ocaso–. Supongamos que existen los fantasmas –prosiguió–, y supongamos que hay un fantasma en Villa Candelaria.

No tiene por qué ser un fantasma –la interrumpí–. Quizá sea eso que llaman... poltergeist, creo. Casas encantadas, ya sabes: ruidos, voces, objetos que se mueven solos y cosas así. Antes se creía que era cosa de fantasmas, pero luego se descubrió que esos fenómenos los provocaba algún habitante de la casa, por lo general adolescentes. ¡Como tu hermana pequeña! Estoy seguro de que esa niña...

Qué pesado te pones –me interrumpió–. Azucena sólo es un poco tímida, ¿vale? No tiene nada que ver con esto. Ahora, déjate de tonterías y supongamos que hay un fantasma en la casa. Lo que está claro es que no todo el mundo puede notar su presencia. De hecho, hasta que llegaste tú, sólo yo podía verlo.

Bueno, ¿y qué?

Dicen que hay personas más dotadas que otras para percibir los fenómenos sobrenaturales. Yo lo estoy, pero tú mucho más.

¿Y eso por qué?

Porque hasta ahora yo sólo había olido el perfume a nardos, o escuchado pasos. Como mucho, había visto sombras y reflejos raros. Pero, de repente, llegas tú y se mueven los libros y aparecen palabras escritas en los espejos. Eso jamás había pasado. Es como si tu presencia aquí le diera fuerzas para manifestarse –hizo una pausa y concluyó–: Beatriz quiere que averigüemos lo que le sucedió.

Pero si no estamos seguros de que sea Beatriz –protesté con desánimo–. ¿ú la has visto? Pues yo tampoco, salvo la falda de su vestido, y ni siquiera estoy seguro de lo que vi. Podría ser cualquier cosa, las enaguas de María Antonieta, por ejemplo. Lo que tenemos que hacer es buscar un exorcista, un brujo o algo así.

Bromeaba, claro, pero Violeta ni siquiera sonrió.

Es Beatriz –insistió con gravedad–; estoy segura, Javier, es ella. Quiere contarnos lo que le sucedió, pero por alguna razón no puede, así que nos da pistas para que lo averigüemos nosotros.

¿Qué pistas?

Que esperaba un barco, el Savanna. Y ahora nos ha dado un nombre: Amalia.

¿Y quién demonios es Amalia? Porque ésta es otra: si ese fantasma tuyo quiere darnos pistas, podría hacerlo mucho mejor. ¿Amalia qué? Hubiese sido un detalle decirnos el apellido; pero no, claro, los espíritus tienen que ser misteriosos. Amalia, Amalia... Debe de haber miles de Amalias.

Ya lo averiguaremos, Javier; ahora olvídate de eso –Violeta se acercó a mí–. Tengo que hacer algo –dijo en tono confidencial–, y necesito tu ayuda.

¿Para qué? pregunté con desconfianza.

Pues... –titubeó–. Es por lo que dijiste el otro día sobre el desván. Creo que tienes razón. Cuando Beatriz desapareció, sus familiares tuvieron que hacer algo con sus cosas. Quizá las tiraron, pero también es posible que las guardaran.

En el trastero.

Sí. Además, ¿no dices que viste el vuelo de una falda en las escaleras? Pues esas escaleras llevan al trastero, así que Beatriz quería decirnos que fuéramos allí.

Y tú quieres que nos pongamos a revolver en ese cuartucho polvoriento lleno de chismes, arañas y ratas, ¿verdad?

Violeta sonrió con inocencia y asintió. Y yo, de repente, me sentí muy, pero que muy deprimido.

Capítulo 5. Savanna


Al norte de Santander, en El Sardinero, hay dos grandes playas que se unen al bajar la marea. Violeta y yo nos instalamos en la primera de ellas, la que está situada entre los jardines de Piquío y el Gran Casino. La playa se hallaba medio vacía, pues aún no habían llegado las hordas de turistas que más tarde, en agosto, abarrotarían la ciudad, así que nos instalamos cerca de la orilla, en una zona despejada y tranquila próxima a las rocas que nos separaban de la segunda playa.

Llegamos a eso de las once de la mañana y, nada más extender las toallas, le pedí a Violeta que me contara lo que había averiguado, pero ella me dijo que tuviera paciencia, que antes de hablar le apetecía darse un baño y tomar el sol. Yo sabía, sin ningún género de dudas, que lo hacía por picarme la curiosidad, pero no quise concederle el triunfo de oírme suplicar, así que guardé silencio y juntos nos sumergimos en las gélidas aguas del Cantábrico. Estuvimos nadando durante mucho rato, hasta que las yemas de los dedos se nos arrugaron como garbanzos; entonces, salimos de agua y nos tumbamos sobre las toallas.

Nunca me ha gustado mucho tomar el sol. Después de media hora tostándome por ambos lados, me volví hacia Violeta y la contemplé en silencio. Estaba tumbada boca arriba, con los ojos cerrados, como si durmiese, aunque yo sabía que estaba despierta. Tenía el cabello húmedo y revuelto, y su rostro, por lo usual demasiado serio, mostraba en aquel momento una expresión relajada y sensual, como si disfrutase con cada uno de los rayos de sol que incidían sobre su piel. Creo que por primera vez advertí lo bonita que era.

Violeta solía vestir ropas anchas, de chico, pero el ceñido bañador que llevaba puesto ahora revelaba las curvas incipientes de un cuerpo a medio camino entre la niña que fue y la espléndida mujer que, en un futuro no muy lejano, habría de ser. Sin pretenderlo, mi mirada se deslizó por el arco que formaban su cintura y su cadera, y se detuvo unos instantes el la piel del muslo, suave y tersa, cubierta de un vello muy fino y dorado, con textura de melocotón. Luego, contemplé la doble curva de los senos que se insinuaban bajo el bañador, como dos colinas gemelas y... Violeta abrió los ojos.

¿Qué miras? –preguntó.

De ser un avestruz, habría hecho un agujero en la arena para meter la cabeza dentro. Pero no lo era, así que me limité a sonrojarme y a volver rápidamente la mirada, fingiendo estar absorto en las olas que rompían en la orilla.

Nada –contesté con toda la indiferencia posible–. Por cierto, ¿cuándo piensas contarme eso que has averiguado?

Violeta se sentó sobre la toalla. Consultó su reloj, se sacudió la arena que tenía adherida en las piernas y dijo:

¿Recuerdas las flores secas que vimos en la tumba de Beatriz? Pues hablé con mi familia y ninguno de ellos las ha puesto allí. Pero eso no es todo; ayer volví al cementerio y descubrí que había más flores sobre la lápida. Flores frescas, Javier. Alguien sigue llevándole flores a Beatriz.

¿Y quién puede ser?

No tengo ni idea.

Aquel asunto era cada vez más raro.

Bueno, ¿y qué pasa con eso del Savanna? Dijiste que ya sabías lo que era...

Y lo sé –Violeta sonrió con suficiencia–. Si Savanna tuviera una hache al final, sería una ciudad o un río de Estados Unidos. Como no la tiene, es una ciudad de Jamaica: Savanna–la–Mar.

Ah, claro. Entonces, según lo que escribió Beatriz, iba paseado por Santander y, de repente, creyó ver un lugar del Caribe... Eso es una chorrada, Violeta.

Claro. Porque Savanna también es otra cosa.

Se produjo un largo silencio.

Oye –dijo de mal humor–, ¿me lo vas a contar de una puñetera vez?

Ella sonrió con malicia, se puso en pie y sacudió la arena de su toalla.

Será mejor que lo9 veas, Javier –dijo mientras recogía sus cosas–. Anda, vámonos, que quiero enseñarte algo.

Nos vestimos, abandonamos la playa y cogimos el autobús que conducía al centro, aunque bajamos a mitad de trayecto, al llegar a Puerto Chico. En otros tiempos, Puerto Chico había sido el muelle pesquero de la ciudad, pero ahora estaba casi enteramente ocupado por pequeñas embarcaciones de recreo. Frente a la dársena, en una vieja casa con la fachada jaspeada de verdín, había una tienda de efectos marinos llamada El Cormorán.

Una campanita tintineó cuando violeta y yo traspasamos su entrada. El interior de la tienda parecía un museo marino: había un viejo traje de buzo, escafandras, sextantes, linternas de latón, peces disecados en las paredes, cronógrafos, compases, antiguas cartas de navegación, catalejos y toda suerte de objetos relacionados con el mar. El local olía a salitre, a brea y a tabaco de pipa.

Un hombre surgió de la trastienda. Debía de tener unos cincuenta años de edad, era de recia complexión y llevaba una chaqueta cruzada azul marino, camiseta a rayas y una gorra de capitán. Tenía el rostro muy moreno, surcado por prematuras arrugas y enmarcado por una cerrada barba entrecana; sostenía entre los dientes una humeante cachimba. En conjunto, parecía un marino de película.

¡Pero si es la capitana Obregón! –exclamó el hombre, sorteando el mostrador y aproximándose a nosotros con una sonrisa–. ¡Bienvenidos a bordo, capitana y compañía!

Javier –dijo Violeta–, te presento a Abraham Bárcena, capitán de la marina mercante y propietario de esta tienda.

El hombre me estrechó la mano, con tanta fuerza que creí oír cómo me crujían los huesos de los dedos.

Encantado de conocerte, grumete. Pero mi amiga Violeta exagera. No soy capitán, sino piloto. Aunque eso no me ha impedido navegar por los siete mares, claro está. Por mis venas la sangre corre mezclada con agua salada y uno de mis antepasados fue un tritón. He atravesado dos veces el Cabo de Hornos y tres el de Buena Esperanza, he dado cinco vueltas al mundo y he cruzado en tantas ocasiones el Ecuador que ya no sé si estoy del derecho o del revés. Los vientos alisios me llevan y la Estrella Polar me guía, la mano firme en el timón y la proa rumbo al horizonte...

Aquel hombre hablaba como el capitán Haddock. Se notaba tanto que interpretaba un papel, y sobreactuaba de tal manera, que no pude contener la risa. Bárcena interrumpió su perorata y me miró fijamente, con la cazoleta de su cachimba humeando como si fuera la chimenea de un vapor. De pronto, estalló en carcajadas.

¡Vale, chaval, me has pillado! –exclamó–. Hablo así porque les encanta a los turistas. Se creen que están en el tugurio de Long John Silver y compran más género. Pero soy un auténtico marino, ¿eh? Puede que de los siete mares sólo haya navegado por cuatro, y quizá nunca haya atravesado el Cabo de Hornos, pero me embarqué por primera vez a los quince años y he pasado más de veinte en la mar. Luego, mi padre murió y tuve que hacerme cargo de la tienda. Y aquí estoy, como un viejo buque en el dique seco –dio una calada a la cachimba y exhaló una densa nube de humo–. Bueno, marineros, ¿qué puedo hacer por vosotros?

Violeta se volvió hacia mí.

Abraham –me informó– es una de las personas que mejor conocen los muelles de Santander.

Esta tienda, El Cormorán –terció Bárcena–, tiene más de cien años. La fundó mi bisabuelo. Al principio era un almacén de artículos de pesca, pero yo lo convertí en un comercio de recuerdos y antigüedades marinas. Qué le vamos a hacer, cada vez hay menos pescadores y más turistas.

¿Recuerdas lo que escribió Beatriz? –me preguntó Violeta–. Decía que pasó por delante de Las Herrerías. Bueno, pues como no sabía qué era eso, se lo pregunté a Abraham. Y resulta que Las Herrerías fueron los terrenos donde, a finales del siglo dieciocho, se construyó el edificio de la Aduana, en el barrio del Muelle.

Durante mucho tiempo –dijo Bárcena–, la gente siguió llamando a esa zona Las Herrerías.

Así que Beatriz estaba paseando por el muelle cuando creyó ver el Savanna –mi prima se volv8ió hacia el dueño de la tienda–. ¿Podrían enseñarle a Javier la foto, Abraham?

A la orden, capitana. Esperad un momento.

Bárcena se dirigió a la trastienda, para regresar unos segundos después con un álbum en las manos. Lo abrió por la mitad y lo dejó encima del mostrador.

Entre todos los malditos cacharros que abarrotan esta tienda –dijo–, tengo una buena colección de fotografías y postales antiguas de Santander. Mira, grumete, ésta se tomó a finales del siglo pasado.

Me incliné hacia el álbum y contemplé la postal que señalaba Bárcena. Era una vista en blanco y negro de la dársena, con cuatro veleros amarrados al muelle. Miré la foto durante unos segundos y luego me encogí de hombros.

Bueno, ¿y qué? –pregunté.

Bárcena dio un par de vigorosas caladas a la cachimba antes de ofrecerme una lupa.

Fíjate bien, marinero. Sobre todo, en el navío que está en primer término.

Con ayuda de la lupa, examiné atentamente la no demasiado nítida fotografía. El barco que me había indicado Bárcena era un velero de tres palos. Al principio, no vi nada extraño en él... hasta que advertí el letrero que estaba pintado en la popa: SAVANNA.

El Savanna era un barco... –musité.

Una goleta, para ser exactos –precisó Bárcena.



    * * *



El propietario de El Cormorán puso el cartel de cerrado en la puerta y nos invitó a pasar a la trastienda, una pequeña sala atestada de objetos marinos más parecida a un almacén que a un despacho. Preparó café en un hornillo, lo sirvió en tres tazas y se sentó con nosotros en torno a un desvencijado escritorio.

Anoche me reuní con unos amigos –dijo, tras darle un largo trago a su café–, viejos lobos de mar con muchos años de singladura a las espaldas. Estuvimos en una taberna cercana al puerto, tomando unos vinos y hablando de los viejos tiempos. El caso es que, entremedias de la charla, les pregunté por el Savanna, y resultó que uno de ellos, un marino jubilado llamado Braulio Correo, había oído hablar de él –Bárcena hizo una pausa para vaciar de ceniza su cachimba; tras encenderla de nuevo con un fósforo, prosiguió–: Según me dijo, el Savanna hacía la ruta de América y se dedicaba al comercio de especias. Por lo visto, fue una goleta muy marinera, rápida como una gaviota, pero... Bueno, por aquel entonces ya era un vestigio del pasado, como las antigüedades de mi tienda. A principios de este siglo, cada vez había más vapores mercantes y menos veleros. Sin embargo, el Savanna podía sacarle, en el viaje a América, hasta dos días de ventaja al mejor de los vapores. Al menos, eso dice Braulio, aunque suele exagerar –su mirada se tornó soñadora–. Esos sí que eran verdaderos marinos, y no como ahora, con tanto motor y tanta gaita. Desde que le dimos la espalda al viento, nos hemos convertido en una mezcla de mecánicos y conductores de autobús.

Bárcena dejó la cachimba sobre la mesa y apuró su taza de un trago. Cogí la mía y le di un sorbo. El café era tan amargo que me rechinaron los dientes, pero me fijé en que Violeta se lo bebía como si tal cosa, así que simulé paladear con deleite aquel brebaje asqueroso.

¿De quién era el Savanna¿ –preguntó Violeta.

Del capitán Simón Cienfuegos –contestó Bárcena–. Menudo nombrecito, ¿verdad? Los Cienfuegos eran unos marqueses criollos que vivían desde los tiempos de la nana en Cuba, pero Simón no pertenecía a la rama noble de la familia. A decir verdad, ni siquiera tenía derecho a usar ese apellido, porque era un bastardo y nunca fue reconocido por su padre. El caso es que el capitán Cienfuegos tenía un turbio pasado: nació en Cuba, pero se estableció en Jamaica, que por aquel entonces ya estaba bajo dominio de los ingleses. Según se rumoreaban durante su juventud se había dedicado a la piratería, pero luego adquirió el Savanna y se convirtió en comerciante, aunque imagino que no le hacía ascos al contrabando. Simón el Negro le llamaban.

¿Por qué? –pregunté.

¿Pues por qué va a ser, marinero? Porque era negro, o mejor dicho, mulato.

¿Tu amigo le conoció? –preguntó Violeta.

Bárcena asintió. Luego, sacó del bolsillo una pequeña navaja y comenzó a limpiar con ella la cazoleta de la cachimba.

Cuando Braulio era niño –dijo–, se lo encontró aquí, en Puerto Chico. Braulio dice que era un mulato enorme, muy fuerte y malencarado, y que sólo verle daba miedo. Pero ese hombre exagera mucho, ya os lo he dicho.

¿Y qué fue del capitán Cienfuegos= –pregunté.

Sin dejar de limpiar la cazoleta, Bárcena se encogió de hombros.

A comienzos de este siglo dejó de fondear en Santander. Puede que se retirara, o quizá se lo tragó el mar. No tengo ni idea.

Violeta consultó su reloj y se puso en pie.

Es tarde –dijo–. Tenemos que volver a casa –hizo una pausa y agregó–: Una pregunta más, Abraham. Además de carga, ¿el Savanna también transportaba pasajeros?

No lo sé, pero supongo que sí. En aquélla época, casi todos los mercantes solían aceptar pasaje.

Tras despedirnos de Abraham Bárcena, nos dirigimos andando hacia El Sardinero. Violeta caminaba abstraída en sus pensamientos, de modo que permanecimos en silencio durante un buen rato, hasta que, al llegar a la altura del palacio de La Magdalena, me dijo:

Bueno, ¿qué te parece?

¿La historia de tu amigo? No sé...

Pues creo que está muy claro. Beatriz quería irse de Santander, así que adquirió un pasaje en el Savanna con destino a América. Probablemente la partida estaba prevista para cierta fecha, pero el barco se retrasó... Por eso ella paseaba por el muelle, y por eso se puso tan triste cuando se equivocó al creer ver al Savanna.

Pero Beatriz era rica y de buena familia –objeté–. ¿Por qué se embarcó en un humilde mercante y, además, a vela? Lo lógico es que se hubiera ido en un vapor de pasajeros, ¿no?

Santander es una ciudad pequeña, y más lo era entonces. Si hubiese intentado irse en un vapor, lo más seguro es que su familia o los Mendoza se hubieran acabado enterando. No, ella quería irse a escondidas. ¿Y sabes lo que creo que pasó? Que Beatriz se embarcó en el Savanna llevándose las Lágrimas de Shiva, y luego, cuando estaban en alta mar, la tripulación la asesinó para quedarse con el collar.

Me rasqué la cabeza.

¿Y eso de dónde lo has sacado?

Está claro. Beatriz desapareció y nunca volvió a saberse de ella. Por otro lado, ese tal Simón Cienfuegos era un pirata, ¿no? Seguro que la asesinó y tiró el cadáver por la borda. Por eso el fantasma de Beatriz quería que viésemos el texto escrito en el ejemplar de Frankenstein, para decirnos quién la había matado.

Alcé los ojos y contemplé durante unos segundos las gaviotas que volaban sobre nuestras cabezas.

Desde luego –dije–, menudas películas te montas.

Mi prima me fulminó con la mirada.

Pero qué poquita imaginación tienes, Javier –dijo con insufrible suficiencia.

Luego, se dio la vuelta y, sin esperarme, echó a andar de regreso a casa.

De vez en cuando, como en aquella ocasión, a Violeta le daba por tratarme como si yo fuera subnormal. Debo reconocer que, durante un instante, consideré la idea de estrangularla con mis propias manos o, igual que supuestamente había hecho Simón Cienfuegos con Beatriz, arrojar su cuerpo al océano.



* * *



Aquel mismo día, el dieciséis de julio de 1969, la nave espacial Apolo XI despegó de Cabo Cañaveral con destino a la Luna. El lanzamiento se retransmitió por televisión y yo lo presencié en un bar cercano a Villa Candelaria. Faltaban cuatro días para el alunizaje, pero éste tendría lugar de madrugada, a unas horas en las que no habría ningún bar abierto donde poder verlo. Y en Villa Candelaria seguíamos sin televisión.

Apenas pude hablar con Violeta durante los siguientes días. Creo que no le había gustado mi reacción al conocer la historia del Savanna. Supongo que estaba muy satisfecha de sus pesquisas y que la decepcionó no encontrar en mí la entusiasta respuesta que ella esperaba. Lo cierto es que me importaba muy poco si Beatriz Obregón se había ido de Santander en una goleta, en globo o nadando, y que no podía tomarme en serio las truculentas historias que se había imaginado mi prima sobre asesinatos en alta mar y robos de joyas. Lo único que me preocupaba era la presencia de un fantasma en la casa, y eso no tenía nada que ver con el barco del capitán Cienfuegos.

Fuera como fuese, Violeta sólo se dejaba ver durante las comidas y las cenas. Aunque no abandonaba la casa, tampoco se encontraba en las zonas comunes ni en su dormitorio. Entonces, ¿dónde se metía? Lo descubrí el viernes por la tarde, cuando, sin que ella advirtiera mi presencia, la vi en las escaleras que conducían a la planta alta. Aquello me extrañó, pues creía que en el tercer piso sólo había un trastero, así que al día siguiente, tras asegurarme de que Violeta había salido, decidí darme una vuelta por allí.

Ocurrió a media mañana. Abandoné mi cuarto con una linterna y, sigilosamente, comencé a remontar los peldaños que conducían a la planta superior. Mientras lo hacía, recordé que fue precisamente en aquel tramo de escaleras donde vi el revolotea de un vestido fantasmal, y eso no me dejó del todo tranquilo, las cosas como son. La escalinata acababa desembocando un una pequeña terraza flanqueada por dos puertas enfrentadas.

La puerta de la izquierda conducía al trastero. Era una habitación inmensa, totalmente sumida en la oscuridad, así que encendí la linterna y comprobé que estaba atestada de bártulos, muebles viejos, cajas, paquetes, pilas de revistas, hatos de ropa vieja, toda suerte de objetos, en resumen, que se amontonaban unos sobre otros hasta alcanzar la altura del techo y cubrir toda la superficie de la estancia.

Tras echarle un rápido vistazo al desván, procedí a abrir la puerta de la derecha. Daba al torreón que presidía la casa. En realidad, era un mirador acristalado de planta circular, desde donde se divisaba un amplio panorama de El Sardinero con el mar al fondo. Pero apenas me fijé en la hermosa vista, porque, para mi sorpresa, el interior del torreón estaba limpio, en perfecto orden y amueblado con una silla de madera y un pequeño escritorio sobre el que descansaban una máquina de escribir, carpetas, cuadernos y folios.

Aquello era una especie de despacho. Me aproximé a la mesa: la máquina de escribir era una vieja Underwood; frente a ella había un tarro lleno de lápices y bolígrafos, y al lado, una carpeta con una docena de folios mecanografiados. Al hojearlos descubrí que se trataba de notas y apuntes sobre la vida de Beatriz Obregón, como si alguien se propusiera escribir su biografía.

Cada vez más extrañado, cerré la carpeta y cogí uno de los cuadernos que se amontonaban en un extremo del escritorio. Contenía un texto escrito con caligrafía menuda y apretada. Era un relato de ficción, un cuento, o quizás una novela, no estaba seguro...

¿Qué demonios haces aquí? –dijo una voz a mi espalda.

Di un respingo y me volví en redondo. Violeta estaba en la puerta, con los brazos en jarras y una amenazadora expresión de reproche destellándole en la mirada.

Ah, eres tú... –musité, sintiéndome aliviado y, al mismo tiempo, pillado en falta–. Vaya susto me has dado.

¿Qué haces fisgando en mis cosas? –insistió ella.

No había que ser un lince para darse cuenta de que estaba muy enfadada.

No sabía que fueran tuyas –me disculpé–. Subí a echar un vistazo y...

Violeta me arrebató el cuaderno de un manotazo.

Pues sí, son mis cosas –dijo–. Y no me gusta que anden metiendo las narices en ellas. Así que ya te puedes ir largando.

A punto estuve de obedecer sin rechistar, pero ya estaba harto de que mi prima me tratase como a un perro.

Oye, ¿te pasa algo conmigo? –pregunté, mirándola fijamente a los ojos–. Ya sé que estoy de más en esta casa, y puede que mi presencia te moleste muchísimo, pero si por mí fuera no estaría aquí, te lo aseguro. Mi padre se puso enfermo y mi madre me obligó a venir. Y ahora, ¿te importaría decirme qué narices te he hecho?

Nada...

Entonces, ¿qué pasa? Cada vez que no estoy de acuerdo contigo en algo, te pones digna y te dedicas a ignorarme. ¿Tan mal te caigo?

No, no me caes mal. Es que...

Violeta desvió la mirada. Parecía como si en su interior tuviese lugar un tormentoso debate entre el orgullo y la razón.

Mis hermanas dicen que tengo mal carácter –repuso al fin–, y debe de ser verdad. Pero es que este lugar es muy especial, ¿sabes?, y no me gusta que entre nadie aquí –esbozó una tímida sonrisa y preguntó–: ¿Tan borde he sido contigo?

Me encogí de hombros.

Hombre, no has sido doña simpatía precisamente. Pero da igual, creo que podré perdonarte.

No te he pedido perdón.

Ya, eso sería mucho esperar –señalé con un gesto la máquina de escribir–. ¿Es tuya?

Sí.

¿Te gusta escribir?

Asintió con un cabeceo.

¿Y qué hay en esos cuadernos? ¿Cuentos?

Relatos cortos –me corrigió–, apuntes, bocetos y cosas así.

¿Has escrito alguna novela?

He empezado muchas, pero no he acabado ninguna.

Pero cuentos sí... ¿Me dejas leer alguno?

Ni hablar –replicó tajante.

¿Por qué? Me encantaría leer algo tuyo.

Nadie lee las cosas que escribo. Estoy empezando, así que sólo son ejercicios de práctica. ¿Vale?

Vale, vale... –observé de reojo la carpeta que estaba junto a la Underwood–. Por cierto, he visto que ahí tienes unos apuntes acerca de Beatriz Obregón. ¿Vas a escribir sobre ella?

Me dirigió una mirada sombría, como si todavía estuviera molesta porque yo hubiera osado hurgar en sus preciados escritos.

Lo estoy pensando –dijo en voz baja–. Ya veremos.

Volví la cabeza y contemplé el panorama que se divisaba más allá de los ventanales.

Beatriz escribió que veía el mar desde un mirador –comenté–. Debía de referirse a este lugar.

Supongo que sí –Violeta recolocó todo lo que había sobre el escritorio (como si yo lo hubiera desordenado, cosa que no era cierta) y agregó–: Bueno, vámonos, que aquí no hacemos nada.

Salimos del mirador y nos dirigimos a las escaleras. No recuerdo que en aquel momento pensara nada en concreto, quizás estuviera divagando sobre Beatriz Obregón, imaginándomela en aquel torreón, con la mirada perdida en el mar, no lo sé. El caso es que, al pasar frente a la puerta del trastero, se me ocurrió de repente una idea y me detuve en seco.

¿Qué pasa? –preguntó mi prima.

En vez de contestar, abrí la puerta del desván, encendí la linterna e iluminé el interior.

Fíjate –dije–: está lleno de trastos.

Por eso se llama trastero. ¿Y qué?

¿Dónde están las cosas de Beatriz? –pregunté con lentitud, como si reflexionara en voz alta.

¿Qué cosas?

Su ropa, los muebles de su dormitorio, esa clase de cosas. ¿Dónde están?

Violeta me contempló de hito en hito y en seguida volvió la mirada hacia el interior del desván.

Quieres decir –musitó– que a lo mejor las cosas de Beatriz están en el trastero...

Si es que no las tiraron, claro. Aunque, con la cantidad de bártulos que hay, yo diría que en esta casa nunca se ha tirado nada.

Nos miramos en silencio, como si cada uno esperara que fuera el otro el primero en decir algo.

Sería un follón empezar a revolver ahí dentro –señalé yo finalmente.

Y mamá pondría el grito en el cielo –asintió Violeta.

Así que lo dejamos correr.